Cita con nuestra historia alrededor de una mesa con mantel

Hoy he disfrutado de una de esas ocasiones especiales que me brinda el periodismo: compartir mesa con los protagonistas de nuestra historia. Vladimir Alfonso López es uno de los protagonistas del libro que estoy editando en estos momentos, No en van tornar. Es el hijo de Alfonso López Camacho, concejal de PSUC en l’Hospitalet durante la Guerra Civil Española que se exilió después en México. Se instaló definitivamente en Tijuana, cerca de la frontera con los Estados Unidos, en donde fundó la librería El Día, muy destacada dentro del ambiente cultural de aquella ciudad que en 1963 -cuando la fundó- rondaba el cuarto de millón de habitantes y hoy se va a los dos millones. Alfonso López ya hace tiempo que murió, pero su hijo Vladimir Alfonso siguió con el negocio, y hoy es el hijo de éste y nieto del viejo republicano quien mantiene viva la herencia y sobrevive en el también allí difícil mundo del libro y la lectura.

 

Portada del suplemento Identidad cultural, de Tijuana, dedicado a la librería El Día. En la foto, Vladimir Alfonso López

Portada del suplemento Identidad cultural, de Tijuana, dedicado a la librería El Día. En la foto, Vladimir Alfonso López

 

Vladimir Alfonso, que nació junto con la guerra, en 1936, en l’Hospitalet, me confiesa un pensamiento que ya he escuchado antes: que los transterrados no son ni de aquí ni de allá. Ahora está pasando unas semanas con su hermana, en l’Hospitalet, pero me confiesa que no sabe si volverá de nuevo. Hacía cuatro años que no venía, y cada vez le cuesta más cruzar el Atlántico. Él tiene ya setenta y muchos lúcidos años, y su hermana ya cruzó la barrera de los ochenta. Sabe que el tiempo no admite remilgos y tal vez ésta sea su última visita. Me lo dijo sin pena ni nostalgia, tal vez con un punto de cansancio, pero nada más.

Vladimir Alfonso es un hombre culto, de esa cultura casi autodidacta que transmiten los libros y que no transmitía la escuela franquista bajo la que se crió. Porque Vladimir Alfonso vivió en l’Hospitalet hasta 1968, cuando cumplió los 32 años y decidió emigrar a México para emprender una nueva vida junto al padre exiliado treinta años antes. Ya era un joven con inquietudes: me habla de los Amics de la Música de Hospitalet, de Jaume Reventós, de Joan Francesc Marco… de los amigos que dejó aquí y con los que intentaba desfogar sus ansias culturales de juventud, del excursionismo que le permitía unos aires de libertad y de goce estético de un país hermoso.

Tres horas de mesa y sobremesa nos permitieron hablar de muchas cosas. Por ejemplo, de las oportunidades perdidas, de lo que ya nunca pudo hablar con un padre al que conoció de visita en los años sesenta pero con el que se atrevió a convivir, tal vez para recuperar el tiempo perdido… Cuando escribía mi libro yo le preguntaba sobre la actuación política de su padre en l’Hospitalet, pero de eso sabía poco, y ahora lamentaba no haber hablado más de ello con él. Hablamos de Catalunya, del momento  que se vive aquí, que él cree fascinante y que contempla con intensidad desde la distancia. Hablamos de los hijos, de la educación, de la familia, del planeta, del capitalismo… y me confiesa con amargura que, tras toda una vida de reflexión y lucha, no le ve salida a tanta voracidad y egoísmo humanos. Hablamos también de la violencia que sacude México, de la corrupción que socava el Estado y de cómo alguno intelectuales de allí abogan por legalizar las drogas bajo control estatal como forma de lucha contra los cárteles.

Me regala un libro conmemorativo del 50 aniversario de la fundación de la librería del viejo republicano de l’Hospitalet, medio siglo que se cumplió el año pasado, y también un ejemplar del suplemento cultural de un diario local que le dedicaron íntegro a la librería por ese mismo motivo (la portada es la ilustración de esta entrada).

Nos despedimos. Dentro de unos días volverá a pisar Tijuana, el lugar donde lleva más años viviendo, de donde quiso salir hace un tiempo para volver aquí definitivamente, pero de donde ya no puede regresar porque allí está su familia y su vida. Es la paradoja del transterrado.

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  1. Pingback: Alfonso López Camacho, un librero del exilio republicano español | negritasycursivas

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